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domingo, 4 de octubre de 2026

La justicia antes del juez: legalidad, mérito y confianza institucional


El Estado de derecho requiere procedimientos reglados, pero el cumplimiento adjetivo de la norma no agota la finalidad sustantiva de la justicia. Ya desde la filosofía aristotélica se distinguía entre el mero ejercicio formal de una función conforme a reglas y su desempeño orientado a la virtud propia de dicho rol. De manera análoga, la concepción romana del ius trasciende la mera disposición positiva, permitiendo problematizar la legitimidad del acto sin negar el imperio de la ley.

Bajo esta premisa, la tesis central sostiene que la legalidad es una condición necesaria pero no suficiente para la legitimidad judicial. Este principio resulta aplicable a todo proceso de designación pública en el que el procedimiento legal constituye solo la base formal del acto.

Al trasladar esta distinción al diseño constitucional guatemalteco, se evidencia que la independencia judicial abarca dos dimensiones complementarias: la independencia orgánica frente a otros poderes del Estado y la autonomía funcional e interna del juez frente a presiones o intereses propios del aparato judicial.

De ello se deriva que la ciudadanía no solo requiere jueces investidos conforme a la ley, sino garantías institucionales de que su selección obedeció a principios de capacidad, idoneidad, integridad y escrutinio público.

Esta exigencia no responde a un interés corporativo de la judicatura. El artículo 14.1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el artículo 8.1 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos vinculan expresamente la independencia e imparcialidad de los tribunales con el derecho fundamental de toda persona al debido proceso.

A modo de estudio de caso —y no de veredicto sobre las personas nombradas—, el nombramiento de 150 jueces de Paz y de Primera Instancia el 29 de septiembre de 2026 generó controversia en la opinión pública respecto a supuestas negociaciones previas. En lugar de asumir conclusiones prefabricadas, el análisis exige plantear tres interrogantes verificables: ¿Es posible reconstruir públicamente el itinerario de mérito de cada profesional seleccionado? ¿Se conocen con precisión los criterios por los cuales un aspirante fue preferido frente a otros participantes? ¿Existe suficiente evidencia documental que permita distinguir una decisión discrecional legítima de un ejercicio arbitrario del poder?

Este enfoque permite desplazar el debate: no se juzga la idoneidad personal de los profesionales designados, sino la calidad institucional del mecanismo de selección. Si bien la transparencia suele concebirse como una herramienta de fiscalización hacia el funcionario, su función primordial radica en proteger la legitimidad del propio juez ante señalamientos infundados.

Cuando las puntuaciones, antecedentes, criterios de evaluación y motivaciones son plenamente verificables, quien obtiene una magistratura o judicatura puede desestimar cualquier duda sobre su idoneidad mediante la exhibición del expediente que acredita su mérito. Por el contrario, ante la debilidad de los mecanismos de verificación, incluso el juzgador más competente queda expuesto a sospechas que no le corresponde sobrellevar.

La transparencia no menoscaba la independencia judicial; constituye su escudo institucional. El 30 de septiembre de 2026, al día siguiente de los referidos nombramientos, los 13 magistrados de la CSJ eligieron por unanimidad a Jenny Noemí Alvarado Tení para presidir el Organismo Judicial y la Corte Suprema de Justicia durante el período 2026-2027. La información oficial consigna la unanimidad de la decisión y resalta la unidad de la Corte como eje de la gestión. Este hecho ofrece una transición relevante: si bien la unidad interna representa una fortaleza de gobierno institucional, en un Estado de derecho debe coexistir con la publicidad de los actos, la deliberación, la rendición de cuentas y la aplicación de criterios comprobables.

La unanimidad en una votación no implica por sí misma la existencia de acuerdos indebidos. Al contrario, la cuestión medular desde la perspectiva institucional reside en cómo transformar el consenso interno en confianza ciudadana. En un orden republicano, ostentar la competencia legal para emitir un acto no agota la exigencia de legitimidad. La autoridad debe aportar razones susceptibles de ser conocidas y examinadas por la sociedad. La facultad de nombrar conlleva el deber correlativo de justificar la decisión. Por tanto, el desarrollo institucional no exige privar a la Corte de la atribución de nombrar jueces, sino garantizar que el ejercicio de dicha atribución genere evidencias incontrovertibles de mérito, imparcialidad y razón pública.

En última instancia, cuando un ciudadano acude a un tribunal, difícilmente conocerá al magistrado que designó al juzgador a cargo de su causa. Sin embargo, requiere la certeza institucional de que entre ambos impera una cadena ininterrumpida de legitimidad.

Fuentes

  1. OACNUDH / Relatora Especial sobre la independencia de los magistrados y abogados (enero de 2026). Exhortación específica sobre Guatemala para que los nombramientos del año 2026 se fundamenten en el mérito y la integridad, manteniéndose libres de interferencias indebidas. ecoi.net

  2. Agencia Guatemalteca de Noticias (30 de septiembre de 2026). Reporte oficial referente a la elección por unanimidad de Jenny Alvarado Tení para la presidencia del Organismo Judicial durante el período 2026-2027. Agn

  3. OACNUDH Guatemala. Marco analítico sobre la independencia judicial como presupuesto esencial del debido proceso y los desafíos estructurales identificados en Guatemala. Oacnudh Guatemala

  4. eP Investiga (29 de septiembre de 2026). Registro periodístico relativo al nombramiento de más de 150 jueces y los señalamientos sobre el procedimiento. Se cita con atribución expresa a la fuente periodística, distinguiendo sus afirmaciones de hechos judicialmente probados. Epinvestiga

  5. Consejo de Derechos Humanos / Debate sobre salvaguardias mínimas en nombramientos judiciales (junio de 2026). Perspectiva de derecho comparado y estándares internacionales sobre las garantías de imparcialidad en la selección de jueces. Gicj

sábado, 26 de septiembre de 2026

La anaciclosis vuelve a Colombia y toca la puerta de Guatemala



Hace unos días el presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, salió personalmente a patrullar las calles de Santa Marta junto a cerca de mil cien efectivos entre militares y policías, chaleco antibalas puesto y arma al cinto, después de que estructuras criminales amenazaran a comerciantes de la ciudad con disparos. No es un hecho aislado. Se inscribe en una promesa de campaña que viene ejecutando desde su posesión el pasado 7 de agosto, cuando decidió jurar como presidente en un batallón del Ejército en Cali, rodeado únicamente de escuadrones militares, en lugar de hacerlo en Bogotá. Un mensaje de forma tanto como de fondo: mano dura, cero tolerancia, militarización visible de la seguridad pública, y una advertencia explícita a las estructuras criminales de que se sometan o se les da de baja.

La escena lleva a pensar en dos planos a la vez. Primero, evaluar la medida en sus propios términos técnicos: ¿es sostenible en el tiempo, es replicable en otro país, qué costos y qué riesgos conlleva? Segundo, por qué una fórmula que hoy se aplaude en Colombia y en El Salvador no puede simplemente calcarse en Guatemala. Y detrás de ambas preguntas, una tercera, más incómoda: ¿se está presenciando, una vez más, el mismo ciclo que Guatemala ya vivió en los años ochenta y noventa, ahora con otro vestuario?

La decisión de De la Espriella es audaz, y se esperan buenos resultados. Un presidente que sale personalmente a patrullar con su gente transmite algo que ningún comunicado institucional logra: la sensación de que el Estado, encarnado en su máxima autoridad, no ha abandonado el territorio. Eso, en sociedades donde el ciudadano común percibe al Estado como ausente, tiene un valor simbólico que no debe subestimarse. Pero el asunto de fondo no es si la medida convence hoy, sino si resulta sostenible mañana. Y ahí entra la aritmética elemental de cualquier despliegue prolongado de fuerza pública: mantener, por ejemplo, mil efectivos permanentemente activos en un área exigen tener otros mil listos para relevarlos, porque la tropa tiene que dormir, y un tercer contingente en descanso mientras los primeros dos mil rotan entre servicio y relevo. 

Sostener una presencia visible y constante de mil hombres en la calle puede implicar comprometer una fuerza real tres veces mayor. La pregunta que cualquier gobierno debería hacerse, y que rara vez se hace en público porque no es una pregunta que gane titulares, es durante cuánto tiempo puede sostenerse un esfuerzo de esa magnitud, y qué ocurre cuando la fuente de presupuesto que lo financia se agota. Si el Congreso no aprueba los recursos necesarios, el propio gobierno queda condenado al fracaso ante los ojos de la ciudadanía que le exigió resultados. Y aquí aparece una diferencia estructural que conviene subrayar: tanto Nayib Bukele en El Salvador como Abelardo de la Espriella en Colombia cuentan con mayoría legislativa, uno la impuso mediante el control efectivo de facto sobre los tres poderes del Estado, el otro la ganó en elecciones. Esa mayoría es, en ambos casos, la condición de posibilidad que permite sostener el gasto, aprobar la normativa de excepción y blindar políticamente la estrategia frente al desgaste natural de cualquier gobierno.

En Guatemala, en cambio, cualquier gobierno reformista enfrenta un problema que antecede a su propia gestión: llega al poder con estigmas ideológicos propios de la cultura política guatemalteca y con una estructura de poder acostumbrada a la cooptación institucional, sea para sostener corrupción, sea para sostener actividad criminal directamente. A ello se suma una desventaja que contrasta directamente con los casos de El Salvador y Colombia: el actual gobierno llegó al poder después de una transición extraordinariamente conflictiva y con una representación legislativa reducida; en 2024, la bancada que originalmente respaldaba al presidente Bernardo Arévalo contaba apenas con 23 de los 160 diputados, en un contexto de fuerte polarización institucional. Ese es, en el juicio de quien escribe, el núcleo del problema local. No es solamente una cuestión de voluntad política ni de recursos, aunque ambos importan, sino de que buena parte del aparato estatal fue diseñado, o capturado con el tiempo, precisamente para resistir cualquier intento serio de reforma. Conviene decirlo con claridad: políticas de mano dura, con despliegue militar visible y ofensivas frontales contra estructuras criminales, no son nada nuevo para Guatemala. Se aplicaron aquí en los años ochenta y noventa, en un contexto radicalmente distinto, con conflicto armado interno, sin Acuerdos de Paz y con una relación con la comunidad internacional que no imponía los mismos límites de soberanía y presión externa que existen hoy. El tiempo cambió, se firmó la paz en 1996, se estableció un régimen de derechos humanos (aún así hubo gobiernos que han aplicado políticas de seguridad diversas incluyendo una “mano dura”) con mecanismos de verificación internacional, y, quizás el factor más determinante, el sistema se corrompió de una manera cualitativamente distinta, ya no solo capturado por el autoritarismo militar sino por redes de corrupción transversales que sobreviven a cualquier color político de gobierno. Aplicar hoy, sin matices, una fórmula diseñada para un contexto distinto es, cuando menos, arriesgado. Los países y los contextos históricos, institucionales y jurídicos son diferentes, y esa diferencia no es un detalle académico, determina qué es viable y qué no.

Hay un elemento que merece particular atención y que rara vez se discute con la seriedad que exige: las expresiones "dar de baja" o “limpieza social”, en el contexto de operaciones de seguridad, no sólo aplica en el uso legal de armas para defender la vida de ciudadanos o de los propios agentes armados del Estado sino que puede derivar en ejecuciones extrajudiciales. Y ese acto, por más que hoy sea celebrado por una ciudadanía cansada del crimen, puede generar responsabilidades legales para policías y soldados años después, exactamente como ocurrió en Guatemala con algunos conductores estratégicos al final del enfrentamiento armado interno, civiles y militares, considerados héroes de la lucha contrainsurgente en los años ochenta, pero que terminaron procesados y condenados judicialmente. Muchos aún con procesos abiertos. Este artículo no pretende descalificar a quien hoy enfrenta el crimen organizado con determinación, sino subrayar una realidad que la euforia del momento tiende a ocultar: el derecho internacional humanitario y el régimen de derechos humanos no desaparecen porque una operación sea popular hoy. Colombia verá, en los próximos años, si someterse o los “doy de baja” se traduce en una reducción real y sostenida del crimen, o si produce una nueva generación de policías y soldados con procesos judiciales pendientes dentro de una década, cuando cambien los vientos políticos.

Dicho esto, sería injusto presentar a Guatemala como un país inmóvil frente al problema. Bajo las condiciones imperantes, políticas, presupuestarias y culturales, se está haciendo lo que el margen de acción disponible permite. El principal motor de la violencia en Guatemala, como en Colombia, es la extorsión, y esa extorsión se origina de manera significativa dentro de los propios centros penitenciarios. Los reos utilizan aparatos móviles para coordinar actividades delictivas, lo que pone en discusión el papel de las empresas de telecomunicaciones; sin embargo, el problema no puede reducirse a afirmar que estas se niegan a bloquear las señales: existen dificultades tecnológicas, regulatorias y operativas, y actualmente hay mesas de trabajo entre el Estado y los operadores para encontrar soluciones. Reorganizar el sistema penitenciario ha resultado una lucha particularmente dura, precisamente porque ese sistema está profundamente corrompido, y en la actual gestión ya han sido destituidos un ministro, dos viceministros y cuatro directores del ramo.

 En paralelo se avanza en la construcción de nuevos centros penitenciarios diseñados para facilitar el control y reducir la tentación de corrupción entre quienes administran el sistema, se fortalecen las fuerzas de seguridad con nuevo armamento, y se incrementa el número de policías y soldados en servicio activo. Son medidas estructurales, menos vistosas que un presidente patrullando con chaleco antibalas, pero son las que el contexto institucional permite sostener sin comprometer el orden constitucional vigente. Y aquí aparece una de las paradojas más frustrantes del caso guatemalteco: mientras se exige al gobierno resultados inmediatos, la única mega cárcel proyectada enfrenta recursos legales interpuestos por opositores políticos precisamente para impedir su construcción. 

Exigir resultados y, al mismo tiempo, entorpecer por vía judicial la solución que se intenta implementar es una contradicción que revela, más que cualquier otro dato, la profundidad del problema. 

Hay un factor externo que conviene no perder de vista al evaluar la sostenibilidad de estos modelos: tanto Bukele como De la Espriella cuentan hoy con el respaldo político, y en la práctica diplomático, de Donald Trump y de su administración. Ese respaldo no es menor, valida internacionalmente sus estrategias de mano dura, facilita cooperación en seguridad y les otorga cierto blindaje frente a la crítica de organismos multilaterales tradicionales. La pregunta ineludible es qué ocurrirá con ambos liderazgos cuando ese respaldo deje de estar disponible, sea porque termine el ciclo político de Trump en Estados Unidos, sea porque ellos mismos dejen de ser presidentes. La región tiene, lamentablemente, un historial extenso y bien documentado de expresidentes que gobernaron con el aplauso mayoritario de su época y terminaron después procesados judicialmente, desde Alberto Fujimori en Perú, pasando por Ricardo Martinelli en Panamá, hasta el caso más reciente de Álvaro Uribe en Colombia, condenado en 2025 tras dejar la presidencia con altísimos niveles de aprobación durante su gobierno. 

El propio Estado guatemalteco aporta a esa lista los nombres de Alfonso Portillo, Otto Pérez Molina y Efraín Ríos Montt. No se está sugiriendo con esto que la popularidad presente sea garantía de responsabilidad penal futura, sino que la historia reciente de la región debería, cuando menos, moderar el entusiasmo con el que se aplaude hoy lo que después, bajo otro clima político, puede ser objeto de escrutinio judicial. El poder es, por definición, temporal, las decisiones que se toman bajo su amparo no siempre lo son.

Lo que ocurre en Colombia y Guatemala no puede leerse de manera aislada del ciclo político global que lo enmarca. La década de 2010 vio un ascenso sostenido de proyectos progresistas en buena parte de Occidente, con un punto culminante simbólico en la llegada de Joe Biden a la presidencia de Estados Unidos en enero de 2021, tras una ola que en América Latina se tradujo en gobiernos como los de Petro en Colombia, Boric en Chile o Lula en Brasil. Hacia finales de la década de 2020, sin embargo, el péndulo se ha desplazado con fuerza hacia posiciones conservadoras y de derecha, tanto en América como en Europa: el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Giorgia Meloni al frente de Italia desde octubre de 2022 como la primera ministra de extrema derecha de un país fundador de la Unión Europea, el ascenso histórico de Alternativa para Alemania en las elecciones alemanas recientes, y en el norte de Europa los Demócratas de Suecia, que desde 2022 se consolidaron como socios indispensables de gobierno pese a no integrar formalmente el gabinete, en un fenómeno que se replica con matices en otros países escandinavos. 

De la Espriella en Colombia es, en ese sentido, expresión regional de un fenómeno que trasciende ampliamente sus fronteras: el hartazgo ciudadano con las promesas incumplidas de la izquierda que gobernó la década anterior se traduce, casi mecánicamente, en el ascenso de proyectos que ofrecen exactamente lo contrario, orden frente a lo que se percibió como permisividad, fuerza frente a lo que se percibió como debilidad. Es el mismo mecanismo psicológico y político, replicado en continentes distintos, con distinto vestuario ideológico pero idéntica lógica de contraste.

Todo lo anterior devuelve a un concepto iluminador para leer este momento: la anaciclosis que describió Polibio en sus Historias. Polibio observó que las formas de gobierno no evolucionan de manera lineal, sino que atraviesan un ciclo recurrente, la monarquía degenera en tiranía, la tiranía es derrocada por una aristocracia que a su vez degenera en oligarquía, la oligarquía es derrocada por una democracia que a su vez degenera en oclocracia, el gobierno de la multitud sin ley, y de la oclocracia, ante el caos y la inseguridad que produce, la sociedad vuelve a reclamar una mano fuerte que restaure el orden, reiniciando el ciclo. 

Colombia ilustra ese ciclo con una nitidez casi de manual. En la primera década de los años 2000 Colombia estaba dejando atrás décadas de guerra abierta contra el narcotráfico y la guerrilla para convertirse en uno de los países más seguros del continente (el autor lo visitó en esos años en un viaje de estudios, cuando el país era tomado como ejemplo), de la misma manera en que hoy militares y servidores públicos viajan a observar el modelo salvadoreño. Que ese mismo país, dos décadas después, tenga que repetir en 2026 fórmulas de fuerza similares a las que aplicó a comienzos de siglo, es la anaciclosis de Polibio operando ante los ojos de la región, en tiempo real.

Y si el patrón se sostiene, no se ve razón para pensar que Guatemala esté exenta de repetirlo. La misma fórmula que se aplicó en los años ochenta, bajo otro nombre y otra retórica, podría regresar con el gobierno que resulte electo para tomar posesión en 2028, enarbolando la misma bandera de mano dura que hoy enarbolan Bukele y De la Espriella, y que, dadas las condiciones estructurales descritas arriba, el gobierno actual, con las condiciones con que inició su gestión, probablemente no está en capacidad política de implementar en la misma magnitud, aunque comparta el diagnóstico y avance donde puede.

Vale la pena cerrar con una reflexión que ya no es institucional sino cultural. En países como Estados Unidos y buena parte de Europa hace falta relativamente poca fuerza policial visible porque, más allá de sus propios y reales problemas, prevalece una ciudadanía con mayor apego a la norma, mejores salarios, más oportunidades laborales y un tejido productivo sólido, sencillamente otra cultura y otro tipo de formación cívica. El autor ha observado cómo cualquier guatemalteco acostumbrado a conducir de manera agresiva e irrespetuosa de las normas de tránsito, al llegar a Estados Unidos, modifica su conducta casi de inmediato, sencillamente porque el Estado, entendido como el conjunto de sus instituciones y no solamente el gobierno de turno, es fuerte y consistente. Y cuando ese mismo ciudadano regresa a Guatemala, vuelve también la jungla del tráfico, porque interioriza, con razón hay que decirlo, que aquí el Estado no ejerce esa misma fortaleza institucional, y que las normas, en la práctica, se pueden usar en beneficio propio sin consecuencia real. 

Esa mezcla de psicología, cultura e idiosincrasia explica, en buena medida, por qué ni siquiera un gobierno como el de Bernardo Arévalo en Guatemala, con quien el autor de este artículo comparte buena parte del diagnóstico reformista, ha logrado hasta ahora una transformación estructural profunda. Incluso los mejores análisis se quedan cortos ante un escenario como la cultura política guatemalteca, lo cual puede llegar a provocar frustración, pero también es, quizás, la evidencia más clara de que ninguna solución de fuerza, por audaz o mediática que resulte, sustituye la tarea lenta, institucional y generacional de construir un Estado que sea fuerte no por la cantidad de fusiles que despliega en una calle, sino por la solidez y la permanencia de sus instituciones, más allá de quién ocupe la presidencia en un momento dado. Es, en el fondo, la idea kantiana del Estado jurídico: una comunidad donde la libertad de cada persona pueda coexistir con la libertad de los demás bajo leyes universales, y donde seguridad y libertad no se conciban necesariamente como enemigas, sino como bienes que solo instituciones suficientemente fuertes pueden proteger a la vez.



martes, 24 de octubre de 2023

Sobre la diferencia entre debate y diálogo en relación a la crisis actual

Este es un resumen de entrevista a Miguel Angel Balcárcel en el programa “Con Criterio” del 18 de octubre de 2023. Escuchar aquí. 

Debate: Quienes participan escuchan con la finalidad de refutar las ideas y demostrar las fallas lógicas del argumento del otro. Al preguntar en el debate, se hace como un desafío retórico; una declaración disfrazada porque el interés es expresar un compromiso indeclinable con un punto de vista contrario al de la otra parte. 

Diálogo: Quienes participan escuchan a los demás con la finalidad de conocer y comprender las creencias e intereses de otros para encontrar una comisión. Las preguntas se plantean con la intención de genuina curiosidad. Los participantes hablan como individuos, expresan lo que piensan para generar confianza. 

En un conflicto hay posiciones de las partes involucradas. Detrás de las posiciones se deben evaluar las necesidades de cada parte porque la insatisfacción de estas produce “problemas”. Los problemas no resueltos pueden generar crisis. 

La crisis crea una “escena política”: es lo que se percibe (hechos, manifestaciones, enfrentamientos, violencia etc.) el ejercicio de poder emplea medios para resolver la crisis, pero el poder no deviene de personas (funcionarios públicos) sino de los entes de poder (los que mueven los hilos). 

En ocasiones no se nota a los entes de poder en la escena política, pero son los intereses de éstos los que predominan en el trasfondo de la escena política. Algunos entes de poder son: el capital, el poder eclesial, coaliciones políticas con intereses comunes, las fuerzas armadas, el crimen organizado, fuerzas sociales, medios de comunicación. 

Un argumento en el debate por la lucha de poder es la cuestión de la legitimidad de las partes: que si son entidades formales (legales, electas como alcaldías, instituciones públicas) o informarles (grupos sociales como autoridades ancestrales, 48 cantones etc.). 

Se dificulta llegar al diálogo en un conflicto cuando las partes se enfrascan en el debate de la naturaleza formal o informal de las partes. Es un error considerar “informal” a las representaciones sociales como las autoridades ancestrales o los 48 cantones. 

Los grupos sociales, no electos, pero formalmente organizados y con representatividad, son parte de la democracia participativa. Las organizaciones ancestrales compuestas por comunidades consultan entre sí y deciden mediante consultas públicas, tienen una especie de asambleísmo. Actúan desde la perspectiva de su cultura y por ello no se rigen tan sólo a través de un alcalde autónomo. Los pueblos ancestrales tienen su propio sistema jurídico, no es un sistema de derecho consuetudinario (término omitido en acuerdos internacionales) sino que un sistema de normas similar al sistema jurídico occidental (el que imponen los Estados). 

Al no ser comprendido este sistema basado en la perspectiva y en la cultura, los grupos originarios no se sienten parte del Estado. Agrava la condición si la infraestructura que proyecta el Estado occidental está concentrada en las áreas mestizas y se excluye a los pueblos originarios. 

El sistema ancestral es de asambleísmo, de consulta y es una cultura del presente. El Estado tradicional formal occidental es, por el contrario, un constructo artificial "impuesto". Si la “cosmovisión” de “derecho” de los pueblos originarios no se logra entender por el Estado formal la solución del conflicto se dificulta. 

Por tanto, es prioritario llegar al diálogo considerando la naturaleza del Estado guatemalteco: El diálogo es entre autoridades ancestrales con la perspectiva propia de su cultura y se plantan frente a los representantes de una estatalidad que en el fondo no los representa. 

A lo largo de los años apenas hemos construido un Estado monocutural cuando en realidad es pluricultural, multiétnico y multilingüe. Nuestro texto constitucional no reconoce la dimensión étnico cultural del país: habla de comunidades pero no incluye el término "pueblos". 

Con estas diferencias ¿Cómo dialogamos si una cultura no entiende a la otra cultura? descifrar el idioma, cada palabra. 

Como inicio hay que saber diferenciar los términos presentados al inicio: 

Debate: Quienes participan escuchan con la finalidad de refutar las ideas y demostrar las fallas lógicas del argumento del otro. Al preguntar en el debate, se hace como un desafío retórico, una declaración disfrazada porque el interés es expresar un compromiso indeclinable con un punto de vista o idea. 

Diálogo: Quienes participan escuchan a los demás con la finalidad de conocer y comprender las creencias e intereses de otros para encontrar una comisión. Las preguntas se plantean con la intención de genuina curiosidad. Los participantes hablan como individuos, expresan lo que piensan para generar confianza. 

Condiciones mínimas para el diálogo: seguridad (sitio neutral), un mediador y testigos de honor que garantice la búsqueda de soluciones. 

En Política la forma es el fondo. 

La técnica para un buen diálogo es buscar mecanismos de reconciliación, mediante  el surgimiento de intereses reales y concretos. Al conocerlos entonces se logra dialogar. Partimos de niveles de asimetría de poder formal frente a un poder representativo pero que no se entiende. El poder social es representativo. 

El poder político ancestral no está considerado o incluido en los códigos legales del Estado. 

Los valores del poder social representativo (originario) son: verdad y entendimiento mutuo. Se usa el término verdad en vez de justicia; reparación en vez de castigo. 

Para lograr un dialogo efectico entre Operadores de justicia oficial con grupos sociales representativos indígenas es necesario entender que se está entre dos "fuentes de derecho" pero una sola finalidad. Para el proceso de diálogo en la cultura maya, hace falta flexibilidad para comprender por qué piensan desde su perspectiva. 

El bien común es para todos.




domingo, 24 de julio de 2022

Derecho natural (propios del ser humano): Libertad, vida y propiedad

Estas son las conclusiones de la investigación del movimiento ciudadano "Guatemala constitucional"

1. La economía de Guatemala depende de los intereses o las ambiciones de los políticos que ejercen el poder del Estado, o de aquellos a quienes ellos sirven.

2. Se necesita crear un régimen de libertad económica, que no que restrinja esa libertad sino solo preceptos que, poseedores de la máxima generalidad, limiten la libertad de cada ciudadano únicamente para que sea posible la igual y la mayor libertad de todos.

3. Principio base de "Guatemala Constitucional": menor poder de los gobernantes, más libertad de los gobernados y más prosperidad de todos los guatemaltecos. La libertad no es condición suficiente de prosperidad; pero es condición necesaria.

El artículo completo puede leerse en https://elsiglo.com.gt/2022/07/17/guatemala-constitucional-un-novedoso-grupo-civico/

El Dr Luis E Perez E lo desarrolla magistralmente en este enlace 

Cito una de las conclusiones a las que llega:

"La finalidad suprema del Estado debe ser garantizar el ejercicio de los derechos de los ciudadanos. El primero cuyo ejercicio debe ser garantizado es el derecho a la libertad.

Tiene que ser igual libertad de todos, y la mayor libertad. Por supuesto, la libertad debe tener un límite; pero no aquel que quienes ejercen el poder público imponen arbitrariamente, sino aquel que es necesario para que todos tengan igual y mayor libertad"

viernes, 22 de julio de 2022

El deber de los funcionarios de gobierno honestos

Mientras los procesos de investigación avanzan, a los únicos que les consta la existencia de actos de corrupción encubiertos u otras ilegalidades, y que además serán difíciles de comprobar por la arquitectura del sistema político es a los funcionarios del mismo gobierno.


Si un funcionario de gobierno no está de acuerdo con decisiones del jefe de gobierno cuyas consecuencias se anticipan como dañinas a la democracia y la libertad su deber es renunciar.


Así lo hizo el 6 de enero de 2021 Matthew Pottinger quien era asesor adjunto de seguridad nacional del gobierno de los Estados Unidos de América. Luego de él, cinco asesores más renunciaron por una crisis producida porque el presidente -- quien había perdido las elecciones -- parecía alentar protestas por los resultados antes de entregar el poder.


El 6 de enero de 2021 el congreso debía certificar los resultados. Después del medio día el presidente alentó por medios electrónicos a los agitadores a impedir el acto de certificación y entrada la noche les pedía que volvieran a sus casas.


Pottinger declaró ante el comité de investigación que la decisiones del ejecutivo tomadas en esa fecha atentaron contra la seguridad nacional de una manera diferente.


Desde seis meses antes en medio de la crisis por el caso Geoge Floyd algunos funcionarios ya tenían discrepancias con el presidente y también tomaron posturas muy serias pero favorables a los principios de la democracia, la libertad y los derechos de las personas. El General Milley asumió importantes decisiones en ambas crisis.


Con los ejemplos históricos citados y documentados queda en claro que cualquier ciudadano debe orientar sus acciones a mantener la estabilidad nacional y el orden constitucional en su país. Sea funcionario o de la sociedad civil y aún con evidencias que indiquen actos de corrupción o incumplimiento de deberes la única forma legal que funciona es a través del sistema de pesos y contrapesos de una república.


Si esas mismas instituciones encargadas de fiscalización mutua están de acuerdo entre sí por cualquier circunstancia sólo queda la participación activa de la ciudadanía en las elecciones siguientes. Las elecciones son un arma poderosa para la ciudadanía.


A los funcionarios comprometidos con su constitución y desapegados a su propio bienestar, si las instrucciones -- o la inacción -- del jefe del ejecutivo implica un detrimentos del bienestar nacional y el Estado de Derecho no les queda más opción que renunciar.


Una lección deducida en los cambios políticos que viene experimentando Latinoamérica en los resultados de sus procesos electorales durante el siglo XXI es que: Sin importar la ideología de quien gana las elecciones no se llega al socialismo o comunismo en su concepción clásica. Esto se debe, aunque con posibles áreas a mejorar, a que las constituciones son sólidas y orientadas a los principios democráticos.


Las sociedades civiles han avanzado en educación y participación. Por ello en mi opinión los aparentes cambios de ideología de las autoridades electas no obedecen ni apuntan a un intento por volver a los totalitarismos y autoritarismos del siglo XX. Es sencillamente, que la población más educada y más participativa está hastiada de un descarado sistema corrupto que encubre sus fechorías en formalismos legales. Votan y allí los resultados electorales.


Como ciudadanos debemos confiar en las características de nuestra constitución, votar y elegir la opción política que consideremos hará cumplir mejor la constitución.


En Guatemala los principios de libertad, el derecho de las personas, la propiedad están bien protegidas en nuestra constitución. Por ello el sistema de pesos y contrapesos debe estar compuesto por instituciones independientes para fiscalizarse mutuamente.


Es importante no desatender un buen programa de gobierno por la nubosidad que produce la lucha y desinformación ideológica: que resultará en socialismo, que resultará en fascismo. La constitución política y los principios de la república (división de poderes) son el seguro del ciudadano. El voto es el inicio de la solución.  

 

viernes, 1 de abril de 2022

Pensamiento político: La pasión contra la razón


En Guatemala las pasiones políticas adquiridas por formación, educación, profesionalización, o transmitidas por herencia generacional verbal por odios existentes – comprensibles – derivados de tragedias donde seres queridos han perdido la vida o donde intereses económicos familiares fueron afectados, llevan a la vigente confrontación ideológica entre derechas e izquierdas.

Esta confrontación ideológica dificulta lograr consensos a nivel político, necesarios y coherentes con el cambio de época. La confrontación por “pasión” política hace difícil unificar un esfuerzo de actualidad que se origine en la razón. La intolerancia entre bandos impide alcanzar el principio humano fundamental de “igualdad”[1] cuya ausencia dificulta la armonía social necesaria para reformas hacia el bien común que promuevan trabajo y acceso a sus fuentes, desarrollo, prosperidad y ahorro.

¿Qué actitud ciudadana individual respecto del orden político llevará a elegir mediante sufragio soluciones con base a la razón en vez de la pasión? Razón, ideología y voto ciudadano proveen instrumentos para construir un mejor país, pero es necesario considerar las nuevas ideas mediante análisis razonable y guiado por la constitución política de la república.

El Dr. Pedro Trujillo afirma que el ambiente político en Guatemala está marcado por una “discusión ideológica, pasional y hepática; no busca la justicia racional. Cada cual busca su propia justicia porque los grupos y sectores siguen polarizados… existe miedo a cambiar sus propias convicciones” [2].

Suscribo esta afirmación. Hay una actitud dispuesta a no escuchar algo que no sea lo aprendido desde la academia o la formación profesional; se crea una actitud de desconfianza y rechazo al que piensa diferente. No se da el beneficio de la duda a ideas no tradicionales. 

Es esta polarización la que provoca que los grupos políticos que resultan electos cada período de gobierno sean radicales en sus políticas para procurar el desarrollo porque aprovechan a incluir medidas que procuren hacer daño a determinado grupo como respuesta a otro daño recibido de él en un período de gobierno anterior. Esta alternancia de políticas de revancha se observa desde el proceso democratizador de 1985. Cada grupo busca ocupar – o cooptar -- los espacios desde donde pueda atacar o defenderse. Si es necesario lo harán a base de corrupción. Una cultura social de corrupción[3].

Los resentimientos por las estrategias empleadas por cada bando político para alcanzar sus objetivos tienen según el Dr. Factor Méndez un “alto costo social” [4], producen la polarización actual y por tanto dificultan el desarrollo. Es como si el enfrentamiento armado interno finalizado en 1996 estuviera vigente en la esfera política del país.

Respetar, cumplir y defender la actual Constitución Política de la República de Guatemala es la solución a la polarización pues está basada en los principios de la razón: Derechos naturales, universales y fundamentales de las personas. Sólo es cuestión de darle preeminencia por encima de cualquier ideología, sector o persona. A criterio de expertos la constitución de Guatemala es comparable con otras de las mejores constituciones que existen.

Cuando se habla del uso de la razón, cuando se habla de algo razonable, se está hablando de la aptitud para interpretar razonablemente las acciones humanas desde antes que ocurran hasta sus resultados. Tal afirmación está basada en el conocimiento filosófico denominado “iusnaturalismo racional práctico” que desarrolló Inmanuel Kant durante el siglo XVIII d. J.C. y cuyo origen provenía desde Aristóteles.

Alejandro Gutiérrez explica a Kant: “las ideas como justicia, equidad, igualdad, libertad, paz o dignidad, no pueden ser positivas porque no son materia sensible; no tienen color, tamaño, densidad, masa. Son puras ideas y sólo pueden proponerse mentalmente como si existieran por medio de una fe racional o trascendental pero se comprueba su existencia con la práctica de esa idea en la conducta humana”[5].

De esta forma se comprueba la existencia de la justicia: cuando se actúa con justicia. Explica el Dr. Gutiérrez que cuando la idea de justicia se depura de cualquier impulso externo al pensamiento humano (subjetividades sentimentales, pasionales o sociales) se convierte en un valor universal pues todo ser es capaz de hacer uso de su razón para interpretar una idea en la mente para aplicarla en una acción humana físicamente perceptible o comprobable.

Por ello los derechos humanos son universales. Es mediante la acción de poner en práctica las ideas basadas en la razón universal que se puede afirmar que una decisión está basada en el pensamiento originado en la razón pura. Lo mismo para la correcta interpretación de las normas jurídicas. Kant denominó “imperativo categórico” a este razonamiento humano de reconocer la existencia de ideas universales.

“Los imperativos categóricos son reglas morales de carácter universal que se autoimpone el ser humano para regir su conducta (ethos)”[6]. De esta forma los seres humanos eligen trascender del estado natural a un estado racional y hacen un pacto entre si para respetar mutuamente sus derechos concebidos bajo la ley universal de la razón. Este pacto se escribe en un documento denominado “constitución” y se crea un instrumento ficticio llamado “Estado” que garantizará los derechos universales que existían desde antes de su creación pero que ahora están plasmados en la constitución.

¿Cómo puede superponerse la razón a la pasión que produce la ideologización de la ideología?

La ideología es la manera en que las personas entienden y creen el fenómeno humano y el fenómeno social. Lo entienden y creen con base a valores filosófico-políticos[7]. Las ideologías – materialistas o idealistas – construyen para el ideólogo y sus seguidores una manera de ver el mundo y entender, desde la filosofía, ideas como la libertad, autoridad, justicia y a partir de allí la manera de organizar al Estado.

La ideología interpreta conceptos como democracia, el grado de participación de los ciudadanos en los fines del Estado y las concepciones alrededor de temas de convivencia humana como la propiedad, la igualdad de oportunidades, la vida y la dignidad humana.

La ideología dicta a la persona o grupo que detenta el poder cuál es el objetivo político: el qué hay que hacer y para quién. La estrategia señalará el cómo y en qué medida y a qué costo. Todo lo influencia la ideología.

La ideología tiene “una ética, una justificación deontológica de sus planteamientos”[8]; es en este punto donde inevitablemente favorece o perjudica a algún grupo en concreto. La ideología se conforma a partir de insatisfacciones presentes con referencia al pasado, pero también con la esperanza del Estado que se desea. Las bases ideológicas de las organizaciones políticas mezclan ambos para el diseño del programa político.

El programa político contiene ideas articuladas con base filosófica (ideología) que se enmarcan dentro de lo establecido en la constitución. Esta política influenciada por la ideología del partido político se propone a los ciudadanos quienes la eligen o desechan por medio del voto.

Revisados estos conceptos teóricos se observa que: la razón busca el respeto de la dignidad de la persona y la ideología describe la manera racional de entender el fenómeno social. Hay personas que se niegan a – por lo menos – dar el beneficio de la duda a ideas políticas diferentes en las que siempre han creído.

Defienden sus pasturas con tal pasión que omiten notar una realidad que podría necesitar un cambio o variación del ambiente político. Es como si se negaran a escuchar porque temen cambiar la manera en que han pensado toda su vida.

Y es que, toda ideología debe ser constantemente interpretada por toda persona con base a dos apreciaciones: el primero que están sujetas a debate constantemente y el segundo es que debe observarse su evolución resultante/necesaria del contacto con la realidad. Así que no puede ser una misma manera de pensar “ad aeternum”.

En el caso de Guatemala, donde se cuenta con una constitución muy bien elaborada: fundamentada en los principios de la razón práctica que ve a la persona como un fin y no como un medio, da como resultado un ambiente político constitucional “blindado” contra los embates de cualquier ideología radical que se oponga a la razón. En tanto la constitución proteja la propiedad privada es un engaño que una social democracia o tendencia política centro-izquierda vendrá a limitar este derecho natural. Esta tragedia sería posible únicamente cambiando la constitución para este fin o rompiendo el orden constitucional.

El Dr. Covarrubias explica que cuando las ideas de una política ideológica, racional – radical o moderada – son sustituidas por un “servicio” proporcionado desde el gobierno a cambio del voto ciudadano da como resultado una política instrumental que se denomina populismo en vez de una razonable política ideológica. La deformación de esa política instrumental conduce a la corrupción[9].

Por el contrario, la deformación de la política ideológica resulta en ideologización. La ideologización se produce cuando una ideología no reconoce la necesidad de modificaciones a causa de condiciones o límites que impone la “realidad”. Las aspiraciones ideológicas racionales deben replantearse constantemente según el tiempo, la coyuntura, el clima político y el escenario geopolítico en que se desarrolla un Estado. La constitución garantiza el orden político.

Pero vuelve el tema del temor al cambio de mentalidad ¿Cómo ser flexible en determinado tema; representará un cambio de ideología? Esa pregunta impide un análisis razonable y dicho análisis es influenciado por pasión respecto de cómo entender la política.

Por ejemplo en América Latina, un continente que aún guarda secuelas de esfuerzos extremos de la lucha ideológica durante la llamada “guerra fría” del siglo XX, ha experimentado el ascenso de movimientos políticos que de forma legal están ganando espacio en la mente ciudadana y que tienen una postura ideológica social-demócrata o de centro-izquierda.

Este fenómeno en el pensamiento político no se debe al resurgimiento o revitalización de comunismos o socialismos sino al resultado obvio de ideologías instrumentales: la corrupción. Sanchez Berzaín reconoce que lejos de ser ideologías radicales del siglo XX, en América Latina existen autoritarismos que ejercen poder a base de terrorismo de Estado[10].

Stephanie Henaro explica que "América Latina es la única región del mundo donde la izquierda todavía se asocia con comunismo" pero "el retorno de la izquierda tiene que ver con hartazgo de la población por injusticia, desigualdad y corrupción"[11]

A manera de conclusiones: Las ideologías que se fundamentan en principios filosóficos son válidas, están vigentes y guían los programas político-ideológicos según el entender del fenómeno humano/social.

Es evidente que la práctica deformada de la ideología de izquierda o derecha mediante instrumentalización de los servicios dados por el Estado (populismo) conduce a la corrupción. Esta es una condición que produce más subdesarrollo y que la ciudadanía, cada vez con mejor nivel de educación, no está dispuesta a aceptar y está rechazando a través de su mejor arma política: el voto ciudadano.

Dado que los actos graves de corrupción se han dado en el siglo XXI preponderantemente en gobiernos de centro-derecha, el hartazgo ciudadano producido está llevando a encaminar el voto a nuevas opciones políticas.

El fenómeno del “resurgir de la izquierda” causa temor en los sectores o personas donde su ahondada ideologización les impide concebir o apoyar una política diferente aún si se trata de una propuesta ideológica racional y optan por las pasiones que llevan a enfrentamientos ideológicos, radicalización y temor a cambios aparentemente ideológicos.

Los cambios no serán ideológicos “per se” en tanto cualquier política del Estado se mantenga dentro del orden establecido por la Constitución Política de la República.

En Guatemala ha habido relativa alternancia político-ideológica desde la firma de la paz en 1996. El partido político ganador siempre dio espacio a participar a funcionarios de ideología contraria. Esto se traduce en que a lo largo de veintiséis años ni comunismos, socialismos o fascismos han estado cerca de instaurarse porque la Constitución es clara y no sólo organiza sino que protege al Estado.

Los desafíos, en cambio, han sido variados, incluso conatos autoritarios, pero los debidos procesos alrededor de la constitución han dado salidas jurídicas: unas veces racionales y otras pasionales; unas veces prontas, otras tardadas y otras aún no llegan.

Pero si los guatemaltecos están interesados en transformar el sistema político que permita avanzar hacia la seguridad y el desarrollo, deberá darse apertura para escuchar nuevas ideas apartadas de la ideologización o de políticas instrumentales, que aunque arrastren tradición, prestigio o desprestigio de pertenecer al centro, la derecha o la izquierda, presenten un nuevo planteamientos que acabe con monopolios de poder, clientelismo y corrupción.

Si el programa se propone dentro del marco constitucional augura buen resultado – o por lo menos diferente – y no debe temerse ser electo mediante voto. Que sea la razón y no la pasión la que conduzca el voto ciudadano. 



[1] Igualdad en oportunidades se refiere a la libertad para dedicarse al trabajo que la persona elija; sin políticas económicas que le restrinjan o impongan requisitos económicos u otros inalcanzables para determinados estratos sociales. No se refiere a una igualdad donde se pretenda que el desposeído se le regale para que sea igual de la noche a la mañana sin haber trabajado y obteniendo ese recurso del empresario que sí lo ha hecho por mucho tiempo habiendo ya generado riqueza.

[2] Pedro Trujillo, programa radial “Con Criterio” del 18 de marzo de 2022, minuto 55:33 https://fb.watch/bQ-MtdQ0wC/

[3] Ibíd, hora 01:33 del programa https://fb.watch/bQ-MtdQ0wC/

[4] Columna Diario la Hora de Factor Méndez del 18 de marzo de 2022 https://lahora.gt/manuel-colom-argueta/

[5] Gutiérrez Dávila, Positivación de los Derechos Humanos, Biblioteca personal, 2021 https://drive.google.com/file/d/18ZsX7hHcQM47QyQavORBCTY0aXcTHRWL/view?usp=sharing

[6] Ibid.

[7] Borja, enciclopedia de política, Fondo de Cultura económica, México, 2002, página 755.

[8] Ibíd.

[11] Stepanie Henaro, ¿América Latina en un giro a la izquierda? minuto 1:50 de video conferencia, Guatemala, marzo 2022, https://youtu.be/OtWCjybsF_k

 

jueves, 17 de febrero de 2022

La voluntad popular a través del voto: Democracia del siglo XXI... y de siempre


Presento una fotografía tomada del video del episodio 181 de Razón de Estado.

Se identifican las frases que aparecen en la imagen como producto de ciertas corrientes ideológicas.

En cambio, creo que son resultado de políticas económicas unas y políticas autoritarias otras sin importar la identificación ideológica de la fuerza política que gobierna.

Todas esta políticas, al fin, fueron implementadas por gobiernos con "Constituciones" vigentes y electos legalmente por el voto mayoritario de los ciudadanos de cada Estado.

Que convengan o no a sectores diferentes es otro tema.

¿Que unos gobiernos se han excedido más que otros al promulgarlas? Sin duda.

Pero para ello las constituciones políticas poseen procedimientos legales para limitar los poderes legales de cada Estado.

Casos extremos de autoritarismo y procesos legales ya agotados -- o poderes de un Estado cooptados por un sector determinado -- queda en manos de la ciudadanía fiscalizarlo por medio de la protesta. Es el fenómeno que viene ocurriendo desde más o menos 2012 en todo el continente.

La constitución de cada Estado es el contrato social al que se debe circunscribir todo gobierno. El poder y la autoridad debe ejercerse hacia el bien común. Un bien común definido claramente en cada constitución política de las repúblicas latinoamericanas.

No se debería calificar como resultado de ideología alguna la política de un Estado cuyo gobierno fue electo por voto de la mayoría. Si hubo errores las constituciones y los ciudadanos tiene medios legales y pacíficos para reordenar sus rumbos nacionales.

No todo es corriente ideológica. Hay casos de Estados donde los ciudadanos están decidiendo el rumbo a través del voto. Esto es la esencia de la democracia. 

Ver video completo

https://youtu.be/gseFxcaKK8A



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