sábado, 17 de octubre de 2026

El desastre comienza antes de la lluvia: Ordenamiento territorial, responsabilidad pública y el costo de no prevenir


1. La coyuntura y la falsa inevitabilidad de los desastres

Cada temporada lluviosa en Guatemala devuelve a la primera línea del debate público las mismas imágenes devastadoras: tramos carreteros colapsados, laderas desprendidas sobre viviendas precarias, comunidades incomunicadas y caudales desbordados que arrasan con el esfuerzo de años. El patrón se repite con una regularidad trágica, acompañado de un discurso institucional que tiende a calificar cada evento meteorológico como imprevisto o extraordinario. Sin embargo, las cifras oficiales invitan a una reflexión mucho más profunda sobre las causas estructurales de la vulnerabilidad nacional.

El 15 de octubre de 2026, la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) informó que durante la temporada del presente año se habían atendido 2,195 emergencias, registrando entre ellas 632 inundaciones, 242 deslizamientos y 133 derrumbes, con una especial concentración de incidentes en los departamentos de Alta Verapaz, Guatemala e Izabal [CONRED]. Si bien estos datos reflejan la capacidad de respuesta humanitaria de los equipos de socorro, no permiten determinar por sí solos cuántas de esas emergencias eran previsibles ni qué grado de responsabilidad institucional recae en la acumulación del riesgo.

Ahí radica el dilema central de la gobernanza contemporánea. Un fenómeno natural —sea una tormenta tropical o una precipitación prolongada— es, en gran medida, inevitable en un país con la geografía y ubicación de Guatemala. No obstante, la transformación de una amenaza natural en un desastre social y económico depende directamente de decisiones humanas previas: dónde se permite construir, cómo se administra el suelo, qué calidad se exige a la infraestructura pública y cuántos recursos presupuestarios se destinan a la prevención activa. El desastre, por lo tanto, no empieza cuando rompe la tormenta, sino mucho antes, en la pasividad o desacierto de las decisiones territoriales y administrativas.

2. El territorio como expresión de decisiones políticas y administrativas

El ordenamiento territorial no es un mero ejercicio técnico de cartografía ni un trámite burocrático secundario; constituye una de las manifestaciones más concretas del poder político y la responsabilidad pública. La forma en que se ocupa el territorio refleja las prioridades de inversión, la efectividad del control fiscalizador del Estado y la capacidad de las instituciones para anteponer el bien común a los intereses coyunturales de desarrollo urbano o comercial.

En el marco jurídico guatemalteco, el Código Municipal (Decreto 12-2002 del Congreso de la República) asigna a las municipalidades la competencia directa sobre el ordenamiento territorial, el control de la edificación y la planificación del desarrollo local. Sin embargo, limitar el análisis a la esfera municipal resultaría incompleto. La modificación del territorio y de sus niveles de exposición involucra también decisiones de carácter nacional vinculadas a la red vial, la vivienda social, la protección ambiental y la gestión de cuencas hidrográficas.

Cuando se autoriza una urbanización en las cercanías de un cauce volátil, cuando se omite el mantenimiento de los sistemas de drenaje o cuando se permite la deforestación de laderas inestables, se está configurando un escenario de riesgo futuro. La dispersión de competencias entre el gobierno central, las municipalidades y los órganos sectoriales dificulta con frecuencia la exigencia de rendición de cuentas, generando un vacío institucional donde la prevención suele quedar rezagada frente a la urgencia de la reconstrucción.

3. Aristóteles y la prudencia de gobernar antes de la crisis

Desde la filosofía política clásica, Aristóteles definía la phrónesis o prudencia como la virtud indispensable para la acción política justa y recta. La prudencia en el gobierno no consiste en la mera habilidad para reaccionar con agilidad ante la emergencia desatada, sino en la capacidad de deliberar juiciosamente sobre las consecuencias futuras de las decisiones presentes. Aplicado a la administración pública, este principio implica que gobernar es prever y neutralizar los riesgos antes de que se conviertan en pérdidas irreparables.

Esta exigencia plantea un desafío particular para la evaluación de la gestión pública. Las decisiones de prevención exitosas se caracterizan por la ausencia de eventos trágicos: una obra de mitigación bien ejecutada evita una inundación; una norma estricta de uso del suelo impide un deslizamiento sobre zonas habitadas. En consecuencia, los beneficios de la prevención suelen expresarse en "no-eventos", en daños que jamás llegaron a materializarse.

Para la lógica política tradicional, orientada a la visibilidad de las obras de respuesta inmediata, la inversión en mitigación preventiva suele resultar menos vistosa que la presencia institucional durante el desastre. No obstante, la verdadera madurez democrática de un Estado se mide por su disposición a invertir en obras sostenibles e invisibles a corto plazo, priorizando la seguridad humana por encima del beneficio propagandístico de la crisis.

4. La responsabilidad frente a las generaciones futuras

La gestión del riesgo trasciende el ámbito técnico y presupuestario para situarse como un imperativo ético y constitucional. El artículo 97 de la Constitución Política de la República de Guatemala impone al Estado, a los municipios y a los habitantes la obligación explícita de propiciar un desarrollo social y económico que prevenga la contaminación del medio ambiente y mantenga el equilibrio ecológico. Este mandato se vincula directamente con el principio de desarrollo sostenible y la equidad intergeneracional.

Desde una perspectiva ética kantiana, las decisiones públicas deben someterse al filtro del imperativo categórico: ¿es éticamente justificable adoptar hoy decisiones de infraestructura o de uso del suelo cuyos riesgos conocidos afectarán la vida y la seguridad de las generaciones venideras? El diseño de carreteras sin la resiliencia requerida o la postergación de inversiones en mitigación climática trasladan una pesada e injusta carga fiscal y humana hacia el futuro.

La validez legal coyuntural de una autorización edilicia o de un proyecto de obra pública no garantiza su legitimidad ética si compromete la sostenibilidad del territorio a largo plazo. La responsabilidad pública exige incorporar la variable de riesgo plurianual como un criterio irrenunciable en la formulación de cualquier política estatal.

5. El costo de reconstruir lo que pudo protegerse

La dimensión económica del riesgo revela una profunda asimetría entre el costo de la prevención y el costo del impacto de los desastres. La literatura internacional y la evidencia técnica coinciden en que cada moneda invertida en mitigación estructural y planificación territorial ahorra significativamente más recursos en respuesta de emergencia, reparación de infraestructura destruida y atención a familias damnificadas.

Consciente de la vulnerabilidad fiscal y territorial del país, en septiembre de 2025 el Banco Mundial aprobó una operación de US$430 millones para fortalecer la resiliencia de Guatemala ante eventos climáticos extremos y desastres naturales a través de un instrumento financiero contingente [Banco Mundial]. Esta operación busca fortalecer las capacidades institucionales, la gestión financiera del riesgo y la integración de criterios de resiliencia en sectores estratégicos como transporte, agricultura y vivienda.

Disponer de mecanismos de liquidez contingente es un paso técnico relevante para la estabilidad macroeconómica; sin embargo, los instrumentos de financiamiento no sustituyen la necesidad de modificar la lógica presupuestaria interna. Un Estado que gasta recurrentemente recursos extraordinarios en reparar las mismas carreteras y puentes año tras año incurre en una ineficiencia estructural que limita el financiamiento disponible para la salud, la educación y el desarrollo social integral.

6. La prevención como problema de coordinación institucional

En el ámbito de la ejecución, la reducción del riesgo enfrenta barreras asociadas a la fragmentación burocrática y la debilidad de la articulación territorial. Sin un espacio continuo de diálogo y concertación técnica entre las instituciones sectoriales, los gobiernos locales y la sociedad civil, las políticas de prevención tienden a diluirse en intenciones teóricas sin impacto real en el territorio.

Existen precedentes de iniciativas orientadas a superar esta brecha. En mayo de 2026, la CONRED impulsó la consolidación de la Plataforma Territorial de Diálogo en la Región I Metropolitana, reuniendo a actores gubernamentales, municipales, académicos y de la sociedad civil con el fin de articular la planificación estratégica, la inversión pública y la gestión integral del riesgo [CONRED].

El valor sustantivo de estas plataformas radica en su capacidad para trasladar las deliberaciones a resultados verificables: normas de edificación actualizadas, proyectos de mitigación priorizados en el sistema de inversión pública y planes de ordenamiento territorial efectivamente fiscalizados. La mera existencia de comités o mesas de trabajo no garantiza la reducción de la vulnerabilidad si no está acompañada de voluntad política y recursos ejecutables.

7. La perspectiva latinoamericana y el marco internacional

Guatemala no se encuentra aislada en la búsqueda de modelos de gobernanza del riesgo más eficientes. Diversos países de América Latina comparten dinámicas similares de exposición climática y desafíos institucionales, lo que ha motivado una agenda regional de intercambio de experiencias y adecuación legislativa.

En febrero de 2026, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) convocó a un diálogo regional sobre gobernanza del riesgo y estrategias de implementación del Marco de Sendai 2015-2030 [UNDRR]. En dicho encuentro se enfatizó la necesidad apremiante de transitar desde esquemas tradicionales de administración de emergencias hacia políticas públicas integrales basadas en evidencia científica, información territorial precisa y marcos regulatorios vinculantes.

La adopción de los principios del Marco de Sendai supone entender que el desarrollo sostenible no es alcanzable sin una reducción sustancial del riesgo existente y sin la prevención estricta de nuevos riesgos. Para Guatemala, esto implica actualizar sus marcos normativos locales y garantizar que la reducción del riesgo se convierta en una política transversal de Estado y no en una labor secundaria encomendada exclusivamente a los organismos de socorro.

8. Conclusión: El verdadero horizonte de la gobernanza

Frente a la inminencia de una emergencia climática o geológica, la respuesta rápida de las instituciones públicas es un deber ineludible e inmediato. Los equipos de emergencia y rescate desempeñan una labor abnegada que merece el reconocimiento de toda la sociedad. No obstante, reducir la función del Estado a la asistencia post-facto representa una visión limitada e insostenible de la gobernanza.

La verdadera capacidad institucional de un país no se mide de forma exclusiva por la celeridad con la que se distribuye la ayuda humanitaria tras el desastre, sino por la solidez y ética de las decisiones adoptadas mucho antes de que caiga la primera gota de lluvia. La gestión del riesgo es, en última instancia, una forma de gobernanza anticipatoria: el compromiso consciente de planificar el territorio, proteger la infraestructura, respetar el entorno natural y resguardar la vida de los ciudadanos frente a riesgos previsibles.

Solo en la medida en que el ordenamiento territorial y la prevención presupuestaria asuman un papel central en la agenda nacional, Guatemala podrá romper el ciclo recurrente de la vulnerabilidad y avanzar hacia un verdadero desarrollo sostenible y resiliente.


domingo, 4 de octubre de 2026

La justicia antes del juez: legalidad, mérito y confianza institucional


El Estado de derecho requiere procedimientos reglados, pero el cumplimiento adjetivo de la norma no agota la finalidad sustantiva de la justicia. Ya desde la filosofía aristotélica se distinguía entre el mero ejercicio formal de una función conforme a reglas y su desempeño orientado a la virtud propia de dicho rol. De manera análoga, la concepción romana del ius trasciende la mera disposición positiva, permitiendo problematizar la legitimidad del acto sin negar el imperio de la ley.

Bajo esta premisa, la tesis central sostiene que la legalidad es una condición necesaria pero no suficiente para la legitimidad judicial. Este principio resulta aplicable a todo proceso de designación pública en el que el procedimiento legal constituye solo la base formal del acto.

Al trasladar esta distinción al diseño constitucional guatemalteco, se evidencia que la independencia judicial abarca dos dimensiones complementarias: la independencia orgánica frente a otros poderes del Estado y la autonomía funcional e interna del juez frente a presiones o intereses propios del aparato judicial.

De ello se deriva que la ciudadanía no solo requiere jueces investidos conforme a la ley, sino garantías institucionales de que su selección obedeció a principios de capacidad, idoneidad, integridad y escrutinio público.

Esta exigencia no responde a un interés corporativo de la judicatura. El artículo 14.1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el artículo 8.1 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos vinculan expresamente la independencia e imparcialidad de los tribunales con el derecho fundamental de toda persona al debido proceso.

A modo de estudio de caso —y no de veredicto sobre las personas nombradas—, el nombramiento de 150 jueces de Paz y de Primera Instancia el 29 de septiembre de 2026 generó controversia en la opinión pública respecto a supuestas negociaciones previas. En lugar de asumir conclusiones prefabricadas, el análisis exige plantear tres interrogantes verificables: ¿Es posible reconstruir públicamente el itinerario de mérito de cada profesional seleccionado? ¿Se conocen con precisión los criterios por los cuales un aspirante fue preferido frente a otros participantes? ¿Existe suficiente evidencia documental que permita distinguir una decisión discrecional legítima de un ejercicio arbitrario del poder?

Este enfoque permite desplazar el debate: no se juzga la idoneidad personal de los profesionales designados, sino la calidad institucional del mecanismo de selección. Si bien la transparencia suele concebirse como una herramienta de fiscalización hacia el funcionario, su función primordial radica en proteger la legitimidad del propio juez ante señalamientos infundados.

Cuando las puntuaciones, antecedentes, criterios de evaluación y motivaciones son plenamente verificables, quien obtiene una magistratura o judicatura puede desestimar cualquier duda sobre su idoneidad mediante la exhibición del expediente que acredita su mérito. Por el contrario, ante la debilidad de los mecanismos de verificación, incluso el juzgador más competente queda expuesto a sospechas que no le corresponde sobrellevar.

La transparencia no menoscaba la independencia judicial; constituye su escudo institucional. El 30 de septiembre de 2026, al día siguiente de los referidos nombramientos, los 13 magistrados de la CSJ eligieron por unanimidad a Jenny Noemí Alvarado Tení para presidir el Organismo Judicial y la Corte Suprema de Justicia durante el período 2026-2027. La información oficial consigna la unanimidad de la decisión y resalta la unidad de la Corte como eje de la gestión. Este hecho ofrece una transición relevante: si bien la unidad interna representa una fortaleza de gobierno institucional, en un Estado de derecho debe coexistir con la publicidad de los actos, la deliberación, la rendición de cuentas y la aplicación de criterios comprobables.

La unanimidad en una votación no implica por sí misma la existencia de acuerdos indebidos. Al contrario, la cuestión medular desde la perspectiva institucional reside en cómo transformar el consenso interno en confianza ciudadana. En un orden republicano, ostentar la competencia legal para emitir un acto no agota la exigencia de legitimidad. La autoridad debe aportar razones susceptibles de ser conocidas y examinadas por la sociedad. La facultad de nombrar conlleva el deber correlativo de justificar la decisión. Por tanto, el desarrollo institucional no exige privar a la Corte de la atribución de nombrar jueces, sino garantizar que el ejercicio de dicha atribución genere evidencias incontrovertibles de mérito, imparcialidad y razón pública.

En última instancia, cuando un ciudadano acude a un tribunal, difícilmente conocerá al magistrado que designó al juzgador a cargo de su causa. Sin embargo, requiere la certeza institucional de que entre ambos impera una cadena ininterrumpida de legitimidad.

Fuentes

  1. OACNUDH / Relatora Especial sobre la independencia de los magistrados y abogados (enero de 2026). Exhortación específica sobre Guatemala para que los nombramientos del año 2026 se fundamenten en el mérito y la integridad, manteniéndose libres de interferencias indebidas. ecoi.net

  2. Agencia Guatemalteca de Noticias (30 de septiembre de 2026). Reporte oficial referente a la elección por unanimidad de Jenny Alvarado Tení para la presidencia del Organismo Judicial durante el período 2026-2027. Agn

  3. OACNUDH Guatemala. Marco analítico sobre la independencia judicial como presupuesto esencial del debido proceso y los desafíos estructurales identificados en Guatemala. Oacnudh Guatemala

  4. eP Investiga (29 de septiembre de 2026). Registro periodístico relativo al nombramiento de más de 150 jueces y los señalamientos sobre el procedimiento. Se cita con atribución expresa a la fuente periodística, distinguiendo sus afirmaciones de hechos judicialmente probados. Epinvestiga

  5. Consejo de Derechos Humanos / Debate sobre salvaguardias mínimas en nombramientos judiciales (junio de 2026). Perspectiva de derecho comparado y estándares internacionales sobre las garantías de imparcialidad en la selección de jueces. Gicj

sábado, 26 de septiembre de 2026

El orden que forma líderes: disciplina, mando y poder civil

 


Palabras del ministro de la Defensa Nacional de Guatemala, General de División Henry Sáenz Ramos, con motivo de la visita de oficiales, marineros y cadetes navales de la República de China Taiwan, miembros todos de la tripulación del Escuadrón Naval de la amistad.

“Cuando estamos en la academia, en la formación militar, nos enseñan que para saber mandar hay que aprender a obedecer. Cuando un general hace el saludo al poder civil no lo aprende en el grado de General; cuando un comandante de brigada pone a disposición las capacidades, las misiones y funciones en el campo o en otras misiones al gobierno o a otras instituciones: eso no se aprende en el grado de coronel.

Se identifica y se hace, lo que hace… porque desde su formación aprendió a obedecer a través de la instrucción de orden cerrado: las maniobras que nosotros vamos a ver hoy.

Hay una premisa en la táctica: el militar aprende que, si uno quiere aplicar el orden abierto, necesita aprender el orden cerrado. Y no es en otro lugar sino en el orden cerrado en donde se aprende la obediencia, la disciplina y el arte de mandar.

Lo que ustedes van a ver es disciplina, la coordinación y la obediencia al máximo nivel. Y los cadetes navales presentan hoy una maniobra de orden cerrado.

Por ello hago la comparación de las maniobras que estamos por presenciar con la tradición del militar guatemalteco: nosotros los generales y los comandantes tenemos el orgullo de defender y de obedecer al presidente constitucional de la república, porque lo aprendimos en el orden cerrado, como el que hoy vamos a ver.

Aprendimos que el flanco izquierdo no es derecho y viceversa; aprendimos que el que manda es solo uno y aprendimos a saber de dónde viene la voz de mando.

Lo que hoy vamos a ver es el origen de la república, es el origen de los defensores de la democracia y ahí en las filas es donde se aprende a obedecer al estamento civil. Por eso, esta actividad no es tan sólo una demostración de obediencia y sincronía, es una demostración productiva de jóvenes que en tres décadas serán los líderes, son los que van a defender la democracia como hoy lo hacemos nosotros.

Así que disfruten, porque tanto la República de China Taiwán como Guatemala tienen soldados disciplinados, tienen soldados subordinados y bien coordinados con el poder civil… siempre.

Para que nos nuestros pueblos se desarrollen, necesitan fuerzas armadas sanas, respetuosas de los derechos humanos y de sus ciudadanos; así que hoy vamos a celebrar eso. Ese modelo en donde nos formamos y nacemos para defender nuestras democracias.

Bienvenidos, gracias".


Ministro de la Defensa Nacional

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